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Opinión 26-11-2018 08:00

Mal de historia, por Juan Goti Ordeñana

El Gobierno actual tiene un mal de historia, piensa que puede interpretarla a su capricho y borrar lo que no le gusta, pero como dijo Cicerón «la historia es maestra de la vida», para corregir los errores y proseguir lo temas acertados. Nada se puede olvidar y menos borrar.

 

Es verdad que nadie cuenta los hechos con plena objetividad, porque hay una tendencia a llevar el agua a su molino, de aquí que haya tantas interpretaciones entre los historiadores de lo que ha sido el pasado. Pero una cosa es inclinar los hechos a su favor y otra tergiversarlos como se hace en la ley de Memoria Histórica, donde se quiere ganar la batalla contra un muerto, pero recuerden lo que se cuenta del Cid en Valencia, que ganó la batalla después de muerto, por la impresión que causaba su nombre.

En este caso aun es peor, porque después de ochenta años se quiere vengar lo que no se supo defender. Dejando de lado los desmanes de la II República y la incapacidad para gobernar, que fue la causa del levantamiento militar, se quiere tomar venganza de su propia incapacidad. Además, cuando van quedando pocos, si queda alguno, de los que participaron en aquella guerra civil, y los nietos y biznietos se sienten reivindicadores de los que perdieron sus abuelos, mostrando, a su vez, una ignorancia supina de la historia, y una sed de venganza.

¿No es hora de una reconciliación plena y definitiva? Ya hubo un proyecto de reconciliación, y aún se llegó a aprobar una Constitución, a los cuarenta años, con la idea de que se llegara a un cambio de actitudes para crear una nación unida. Lo incomprensible es que, a los otros cuarenta años de este encuentro, surjan grupos destruyendo aquel proyecto, y queriendo construir una sociedad en la que domine el odio y el abuso de poder. Parece que las cosas suceden cada cuarenta años.

Es de mal perdedor reivindicar lo que se perdió, cuando se encuentra con poder después de pasar tantos años, haber cambiado la sociedad totalmente, y debiendo ser otros los objetivos a los que se debe dirigir un pueblo. ¿A quién importa la figura de Franco que ya pasó a la historia? Y tengan en cuenta que a pesar del odio que todavía conservan, aquella época existió, y por muchas leyes que se den para borrarla, se conservará en los archivos. La historia real no se borra, y vendrán historiadores que sin prejuicios interpretarán de nuevo los hechos. La historia no se puede borrar, porque tuvo su existencia.

Por mucho que se quiera suprimir con leyes la historia, ésta se guardará en la enorme documentación que se conserva, y reivindicará lo que fueron sus casi cuarenta años de dominio. En estos tiempos con tanta cantidad de papeles en los archivos es imposible ignorar una política, y la historia le dará su nota, y con certeza sin ninguna acusación de haber copiado. No es el momento de calificar hoy día, pues se necesita un ángulo de perspectiva que hoy no se tiene, porque, todavía, perduran los odios en los sucesores de los que perdieron la guerra, y se necesita la objetividad que suele dar el tiempo.

No saber leer la historia y actuar sólo por venganza tiene graves consecuencias. El mismo Aquiles que mató a Héctor para vengar la muerte de su amigo Patroclo, con ayuda de la diosa Palas que devolvió la lanza a Aquiles dejando inerme a Héctor; luego generoso entregó por compasión a Príamo el cadáver de su hijo. (Ilíada, rapsodias 23-24).

Si se tratara de un Gobierno sereno dejaría que los muertos entierren a sus muertos. Mientras no se removía el sepulcro de Franco, nadie se acordaba dónde estaba, ahora a donde quiera que le lleven, a un lugar significativo o al último cementerio, removerá la conciencia de aquella época. Es muy malo luchar con los muertos, tienen su método de venganza.

Sería más acertado al Gobierno, dejar este tema que no muestra más que sed de venganza, y ordenar las cosas para un futuro inmediato mejor, y no a la vista de más de veinte años, que los actuales dirigentes ciertamente no saben dónde van a estar, con toda probabilidad no en el poder. Por ello lo conveniente es hacer reformas pequeñas e inmediatas a medida de los tiempos. Esto es mucho más práctico que soñar con la reforma total de la sociedad, pues para eso se necesitan siglos, y sin ínfulas de poder.

El gran error que tienen los movimientos políticos actuales en España es que se creen poseedores de la verdad, y parten de una sed de venganza. Con este fundamento y con cuatro bandazos quieren hacer una reforma de la sociedad. El mundo no es así, cada generación ha dejado en la marcha de la historia su pequeño vestigio que ha ido cuajando y corrigiendo en pequeños detalles. Hay un refrán español que «el que mucho abarca poco aprieta», y el refranero español encierra una gran sabiduría.

¿Qué sentido tiene? Recordar ahora en la ley de Memoria Histórica lo que no fue real, sino desahogo de la pérdida del sentido de la nación. Vemos en este proyecto a un Gobierno muy preocupado por lanzar una nueva idea cada día, para tener todos los días algo que decir a los periodistas, sin darse cuenta, que está lanzando continuas incoherencias que la sociedad las mira con cierto desdén, «como quien ve llover», porque no se van a llevar a cabo. Acaso alcancen a ser los gobernantes de la mayor incoherencia y perjuicio para el pueblo.

Es muy necesario aprender a leer la historia, que con odios y venganzas no se puede estructurar una convivencia social. Los odios que ha habido en la historia han ido pasando, y la memoria les recuerda como como un error de su época, sin que ello la haya transformado, sino que han quedado como un baldón de los momentos negros del devenir de la historia.

El Gobierno actual tiene un mal de historia, piensa que puede interpretarla a su capricho y borrar lo que no le gusta, pero como dijo Cicerón «la historia es maestra de la vida», para corregir los errores y proseguir lo temas acertados. Nada se puede olvidar y menos borrar.

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