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Opinión 27-02-2025 06:59

Empleados públicos, castas y categorías  José Antonio Ávila López

A ver si consigo aclararlo y con ello, a lo mejor, a alguno se le abren los ojos y empieza a distinguir que con el pecado común y propio de generalizar tendemos a meter en el mismo saco a todo dios


Conceptos que aprendí...

A ver si consigo aclararlo y con ello, a lo mejor, a alguno se le abren los ojos y empieza a distinguir que con el pecado común y propio de generalizar tendemos a meter en el mismo saco a todo dios. Y esto ha convertido a la función pública en un Titanic de mercadillo, pasajeros de distintas castas en distintas categorías, la masa currante hacinada en la bodega, y los privilegiados, junto a tripulación y oficialidad, con entrada de primera para los botes salvavidas... ¿Qué significa todo ello? Que esto se hunde. Los empleados públicos son esos adoradores del maligno a los que los ineptos gobernantes recurren para desprenderse de sus culpas y cargar con sus responsabilidades. La ley los define como «aquellos que desempeñan funciones retribuidas en las Administraciones Públicas al servicio de los intereses generales y los clasifica en funcionarios de carrera, funcionarios interinos, personal laboral, personal eventual y personal directivo», y esa misma ley fija para todos ellos, como fundamentos de actuación, entre otros, el servicio a los ciudadanos y a los intereses generales, la igualdad, el mérito y la capacidad en el acceso, el sometimiento pleno a la Ley y al Derecho, la objetividad, la profesionalidad y la imparcialidad en el servicio, la transparencia y la responsabilidad en la gestión. ¡Pongan atención! ¡Para todos los empleados públicos!... Es decir, todo aquél que cobra de una administración por el trabajo que realiza para ella es un empleado público y debe cumplir los principios establecidos. Hasta ahí de acuerdo, pero es a partir de este punto donde se lía la cosa, porque bajo este paraguas se camuflan muchos que pervierten dichos principios y que han prostituido el concepto de empleado público. Y esta perversión es la que lleva al pueblo soberano, que paga las nóminas, a confundir churras con merinas.

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