Noticias de Cantabria
12-01-2010 09:00

El fin de la yihad en Irak y sus repercusiones a ambos lados del Atlántico (ARI)

¿Qué repercusiones tendrá para la seguridad internacional la “desactivación” de la yihad en Irak y el previsible movimiento de terroristas hacia otros escenarios internacionales?

La creciente estabilización de Irak, el cambio de Administración estadounidense y el anuncio de la próxima retirada de Irak del grueso de su contingente militar supondrán la desactivación de Irak como factor de transformación y movilización del movimiento yihadista y el cierre de un ciclo que tendrá repercusiones en la evolución de la amenaza terrorista. El propósito de este trabajo es analizar las causas que explican la “desactivación” de la yihad iraquí, y cuál es la previsible evolución de la amenaza yihadista, recurriendo para ello a una serie de analogías históricas. El previsible éxodo de terroristas yihadistas desde Irak hacia otros escenarios supondrá un agravamiento de la amenaza terrorista en algunas regiones, especialmente para el eje afgano-paquistaní, los “Estados fallidos” del mundo musulmán, y para los países del continente europeo.

La invasión de Irak en 2003 fue el detonante de una profunda transformación del movimiento yihadista global. La apertura de un nuevo “frente de la yihad” en el corazón del mundo árabe llevó aparejada la “resurrección” de una al-Qaeda en claro retroceso tras la pérdida de su santuario afgano y la neutralización de buena parte de su estructura organizativa internacional. La ocupación militar de este país musulmán reforzó su discurso y abrió la puerta al desarrollo de un movimiento terrorista mucho más horizontal y espontáneo. El inicio de la yihad en Irak (protagonizada tanto por foráneos como por extranjeros) no sólo arrojó al país a un caos de violencia y destrucción sino que se extendió su pernicioso influjo al resto de la geografía mundial, abriéndose un proceso de retroalimentación y refuerzo mutuo con aquellos frentes terroristas que aún permanecían abiertos como Afganistán, Chechenia y Argelia.

A lo largo de estos años, el movimiento yihadista global ha ido evolucionando a la sombra del conflicto iraquí, y bajo la dirección estratégica de una al-Qaeda cada vez más fuerte e influyente. Sin embargo, en estos años los yihadistas no sólo han ido perdiendo terreno en el país árabe, sino que la facción iraquí de al-Qaeda se encuentra en una situación de marginación creciente y pérdida de influencia en el desarrollo de los acontecimientos. La creciente estabilización de Irak, el cambio de Administración estadounidense y el anuncio de la próxima retirada de Irak del grueso de su contingente militar supondrán la desactivación de Irak como factor de movilización del movimiento yihadista y, por tanto, el cierre de un ciclo que tendrá repercusiones en la evolución de la amenaza terrorista.

El propósito de este trabajo es analizar las causas que explican la “desactivación” de la yihad iraquí y cuál es la previsible evolución de la amenaza yihadista, recurriendo para ello a una serie de analogías históricas que nos permiten fundamentar una serie de intuiciones sobre el futuro más cercano.

Por qué ha fracasado al-Qaeda en Irak
Uno de los aspectos más sorprendentes de la debacle de al-Qaeda en Irak ha sido precisamente lo “cerca” que estuvo de alcanzar sus objetivos en este país. La organización terrorista, fundada por el jordano Abu Musab al Zarqawi y posteriormente adherida formalmente a al-Qaeda, tuvo la capacidad de transformarse en un tiempo récord desde un grupúsculo marginal a un temible adversario. Dicha organización suní fue oscureciendo y absorbiendo el resto de grupos insurgentes y redes terroristas que han operado en Irak, hasta el punto de convertirse en el principal enemigo de los planes de EEUU para la región y reinterpretar la resistencia violenta a este país en términos de una lucha dotada de legitimidad religiosa.

Recurriendo de manera decidida a las nuevas tecnologías, y con una mezcla de crueldad e ingenio, el grupo no sólo supo transmitir a una audiencia global la idea de que EEUU estaba perdiendo la guerra, sino que empujo a la potencia estadounidense a una situación cada vez más insostenible debido a su capacidad para desencadenar una guerra civil soterrada entre chiíes y suníes, que sumió al país en una cruenta anarquía. Durante cuatro años el balance era claramente favorable a los yihadistas, debido a la presión temporal y a la paralización de los esfuerzos estadounidenses por estabilizar y el país y apuntalar un Estado iraquí autosuficiente.

Sin embargo, esa tendencia no sólo quedó truncada a mediados de 2007, sino que el grupo inició un acelerado proceso de decadencia, convirtiéndose en un actor residual que difícilmente podrá desempeñar un papel relevante en el futuro. Dicha circunstancia ha sido fruto de la interacción de un amplio conjunto de factores, de los cuales citaremos los más destacados:

En primer lugar, debe mencionarse la capacidad del ejército estadounidense para implementar una estrategia contrainsurgente más eficaz frente a la extensión de las redes yihadistas en Irak. El ejército norteamericano ha mostrado históricamente una excesiva dependencia de su superioridad tecnológica y armamentística como eje de su acción, de ahí que haya una serie de años hasta adaptarse a la naturaleza de un enemigo asimétrico y esquivo. Después de cuatro años de estrategias fallidas en Irak, las tropas norteamericanas empezaron a resultar efectivas, al menos tácticamente. EEUU fue capaz de llegar a acuerdos (en ocasiones meras transacciones económicas) con las diferentes milicias armadas suníes para que se encargasen de la gestión de la seguridad de sus propios territorios y, lo que es más importante, se involucrasen en el combate contra los yihadistas “extranjeros” que operaban en sus zonas de influencia. Esta nueva beligerancia ha supuesto un duro revés para los miembros de al-Qaeda, que se han visto sometidos al hostigamiento de unas milicias que conocen el idioma y la geografía y cuentan con respaldo social.

Sin embargo, han sido las propias torpezas de la filial de Bin Laden las principales responsables de su incierto futuro. Al-Qaeda en Irak ha sufrido los efectos de una mala gestión de sus recursos y de la propia “fricción” que acompaña a todo enfrentamiento armado. Así, por ejemplo, en un documento interno elaborado por uno de sus “comandantes regionales” a modo de “lecciones aprendidas”, podemos encontrar un amplio catálogo de los errores de esta organización yihadista.

Entre ellos se encontraban el desconocimiento sobre Irak que tenían los yihadistas que llegaban al país, el recurso a los “poco fiables” contrabandistas sirios para trasladar personas y recursos, las expectativas infundadas que había creado la propaganda de al-Qaeda sobre cuáles serían los cometidos de los “voluntarios extranjeros” y la existencia de continuas tensiones entre “extranjeros” y combatientes locales, junto a un largo etcétera de errores que fueron minando las posibilidades de éxito de los miembros de al-Qaeda.

Sin embargo, más allá de los errores tácticos, el grupo terrorista ha cometido en un corto espacio de tiempo todo un sorprendente conjunto de errores estratégicos con repercusiones catastróficas:

El recurso a la violencia por parte de al-Qaeda en Irak alcanzó una amplitud y crueldad difíciles de digerir incluso para el público más radicalizado. Este grupo fue, por ejemplo, pionero en el secuestro y decapitación de rehenes con fines propagandísticos. La crudeza de estas imágenes llegó a generar contradicciones incluso en los más acérrimos defensores de la yihad global. Esta circunstancia llevó al número dos de la red terrorista, Ayman Al Zawahiri, a solicitar en una carta al líder de al-Qaeda en Irak que no difundiese más este tipo de imágenes, pues “no siempre eran bien entendidas” y dañaban la imagen de la yihad entre el mundo musulmán.

Sin embargo, los miembros de al-Qaeda en Irak no sólo han hecho alarde de su crueldad matando, descuartizado y torturado a las tropas de la coalición y a los miembros del ejército y la policía iraquí, sino que también han anatemizado a todos los chiíes, el sector mayoritario de la población iraquí, calificándolo de “apóstata” y, por tanto, merecedor de la más despiadada de las muertes. En esta línea, emprendió toda una serie de acciones terroristas cuyo principal objetivo era azuzar la llama del odio interreligioso y la guerra civil. Si bien al-Qaeda había disfrutado de un respaldo implícito por parte de un considerable sector de la opinión pública islámica, dispuesto a legitimar la violencia contra las tropas de la “ocupación”, dicho apoyo se ha difuminado cuando el grupo ha pretendido también justificar la violencia contra la población musulmana, los “métodos” elegidos por esta organización criminal para implementar su ideario tampoco han beneficiado mucho su intento por granjearse la simpatía y el respaldo de su base social. Lejos de la idealizada imagen de unos “guerreros islámicos” que sacrifican su vida para defender al islam y sus gentes, la realidad de sus acciones son las propias de una salvaje mafia. Sus miembros han robado indiscriminadamente, han secuestrado a civiles para cobrar rescates y se han apropiado de las propiedades de los chiíes expulsados de sus barrios.

Al-Qaeda en Irak no sólo ha sido fundada y liderada por un no iraquí, sino que desde sus inicios sus filas se han nutrido de manera mayoritaria por musulmanes de otros países carentes de cualquier tipo de vinculación con este país árabe. Si para muchos de los grupos insurgentes que combaten la presencia estadounidense en Irak, su lucha tiene un altísimo componente de reafirmación nacionalista, para los muyahidín de al-Qaeda su lucha está vinculada a una guerra global que no conoce de fronteras y nacionalidades. Esto crea una importante brecha entre los miembros de al-Qaeda y la población a la que supuestamente proclama defender. Los iraquíes no pueden evitar contemplar con sospecha y cierta xenofobia el endeble vínculo que une a los muyahidín con la población iraquí, y prefieren dirigir sus lealtades hacia grupos insurgentes plenamente autóctonos, cuyo principal y casi exclusivo objetivo es la expulsión occidental del país, y no tanto avanzar en la islamización forzosa de la sociedad iraquí o la incorporación del país a una fantasmagórica entelequia califal. Consciente de este problema, al-Qaeda en Irak ha tratado, sin demasiado éxito, acentuar su identidad local a través del reclutamiento (y contratación) de militantes iraquíes y a través de una persistente campaña propagandística destinada a restar importancia al componente “extranjero” de la militancia yihadista en Irak.

Al-Qaeda ha sido sólo uno de los diferentes grupos terroristas e insurgentes que combaten la ocupación aliada en Irak. Sin embargo, ha sido capaz de ofrecer al mundo la imagen de ser la organización que lidera la “resistencia”, impregnando de un barniz islamista a toda la insurgencia iraquí. Durante sus primeros años, sus comunicados estaban repletos de llamamiento a la unidad de todos los musulmanes en Irak contra la ocupación “cristiana y judía”, llegando incluso a forjar algunas alianzas con grupos menores y llevar a cabo “acciones” conjuntas con los miembros de otras organizaciones insurgentes. Sin embargo, pronto quedó clara la naturaleza de su proyecto “unificador”. Al-Qaeda estaba más interesada en controlar toda la insurgencia y avanzar en la islamización forzosa de la sociedad iraquí que en lograr la expulsión de los estadounidenses. El grupo empezó a amenazar a todos aquellos iraquíes que no se uniesen a sus filas y proclamasen lealtad a sus líderes. Dando muestras de una desconcertante ceguera estratégica, el grupo pronto materializó sus amenazas, empezando a asesinar, secuestrar y torturar a los militantes de otras organizaciones suníes. Sin salir de su asombro por estas incomprensibles acciones de los yihadistas, muchos de estos grupos lanzaron comunicados exigiendo disculpas y una reparación por estos “criminales actos”. Sin embargo, los muyahidines, lejos de poner fin a este suicida enfrentamiento con sus potenciales aliados, han multiplicado el número de agresiones.

Las lecciones afganas
Volver la vista al Afganistán de los años 80 resulta tremendamente útil para tratar de anticipar cuál será el futuro más inmediato de Irak y, por extensión, qué va a suceder con los miles de yihadistas que han acudido a este país para combatir la yihad. Ambos países se han convertido en iconos para el islamismo radical, ambos episodios han sido interpretados como una invasión de la tierra islámica por parte de países infieles, y ambas situaciones han servido al islamismo más radical para legitimar religiosamente una guerra defensiva a la que debe responder cualquier musulmán, viva donde viva.

Al amparo de la yihad contra los soviéticos, miles de musulmanes sin contacto previo con estos países se integraron en algunas de las organizaciones insurgentes y terroristas que combatían la presencia extranjera. En el caso de Irak, este poder movilizador es sin duda mayor: un país situado en pleno corazón de la civilización musulmana y árabe, rodeado de numerosos enclaves sagrados e infinitamente más accesible que la remota y primitiva Afganistán.

Muchos de los muyahidín de los años 80 realizaron esta peligrosa travesía espoleados por sus propios países de origen, los cuales percibieron en este violento caos una oportunidad para reforzar sus credenciales islámicas, al tiempo que conseguían librarse de su población más radical. En el caso de Irak, muchos de los países que facilitaron la yihad en los 80 son ahora formalmente aliados de EEUU, o simplemente no pueden correr el riesgo de promover abiertamente la violencia en Irak. Sin embargo, ese no ha sido un obstáculo para que estos regímenes políticos hayan facilitado la emigración de su población más radical, con la esperanza de que mueran combatiendo o que no regresen nunca más a sus países de origen.

En ambos países los yihadistas extranjeros se instruyeron y adquirieron formación militar y experiencia de combate. Sin embargo, mientras que en Afganistán, los árabes-afganos tuvieron una participación menor en la lucha contra los soviéticos, en el caso de Irak, los yihadistas extranjeros son mucho más letales y peligrosos. Los yihadistas extranjeros han entrado en combate directo contra algunas de las mejores unidades militares del mundo. Han sido capaces de minimizar la importancia del fuerte blindaje y la superior potencia de fuego de las unidades enemigas. Han adquirido los conocimientos necesarios, y una más que acreditada experiencia en la fabricación de los más diversos y efectivos artefactos explosivos, la construcción de coches-bomba, la utilización de todo tipo de armamento de guerra, la realización de secuestros, el asesinato de objetivos altamente protegidos e incluso el derribo de aeronaves.

A diferencia de sus toscos predecesores en Afganistán, son una generación que se mueve con facilidad en un entorno tecnológico. El bagaje adquirido les convierte en sujetos con una capacidad de “autoaprendizaje terrorista” real. Algo que les cualifica para sacar partido y poner en práctica el conocimiento disponible en Internet, a diferencia de lo que sucede con la mayoría de los terroristas amateur, incapaces de hacer operativa un tipo de información que requiere un bagaje terrorista previo y una destreza adquirida en los entornos más hostiles. Por otro lado, el uso de la red ha facilitado enormemente su coordinación, y sobre todo la explotación propagandística de sus logros. Los yihadistas “iraquíes” comprenden y saben sacar partido a la cultura audiovisual predominante, lo cual se ha convertido en un multiplicador de fuerza que les permite dominar el relato del conflicto y proyectar al exterior una imagen de fortaleza y durabilidad muy superior a sus capacidades reales.

Sin embargo, lo más interesante, y a la vez lo más útil del paralelismo afgano, es comprobar que sucedió una vez que las tropas extranjeras se retiraron del campo de batalla. El repliegue de la URSS fue interpretado por los yihadistas como una rotunda victoria propia, a pesar de su modesta contribución a la derrota de la potencia comunista. Sin embargo, esta situación lejos de suponer el fin del conflicto, implicó el inicio de un nuevo ciclo de violencia entre las diferentes facciones que con anterioridad habían combatido al enemigo común. Los yihadistas, pronto se desencantaron con la nueva situación, ya que ninguno de los contendientes luchaba por la imposición de un régimen político fundamentalista. Gran parte de los muyahidín que habían acudido a Afganistán movidos por la idea romántica de una yihad contra los infieles no estaban dispuestos a prolongar su estancia tomando partido por alguna de las facciones existentes. Se inició así una nueva emigración que supuso el punto de inicio del moderno terrorismo yihadista y la aparición de la propia al-Qaeda.

Muchos de estos combatientes decidieron buscar nuevos frentes en los cuales dar continuidad a esta lucha sin fronteras en defensa del islam, como, por ejemplo, Bosnia y Chechenia. Los que tuvieron ocasión regresaron a sus países de origen lo hicieron bajo una aureola de heroísmo y compromiso en defensa de la yihad. La experiencia vivida y la radicalización religiosa y ideológica que todos ellos experimentaron tras su paso por el frente afgano les hizo mucho más beligerantes contra la situación política en sus países y decidieron crear o integrarse en organizaciones armadas para forzar un cambio violento de régimen. Muchos de estos gobernantes, conscientes del peligro que podría suponer este regreso, obstaculizaron la repatriación o directamente encarcelaron o eliminaron a los “árabes-afganos”. Esto motivó la reubicación de algunos de ellos en otros países, algunos de ellos occidentales, manteniendo siempre vivos los lazos de hermandad y conocimiento mutuo, a la espera de una nueva causa que justificase su activismo.

Previsiblemente, una vez que se produzca la retirada de EEUU de Irak, el país perderá su “atractivo” como destino para las nuevas generaciones de yihadistas. La situación que deja EEUU tras su marcha se asemeja mucho al Afganistán de principios de los 90. Los yihadistas extranjeros son una facción más dentro de una sociedad enormemente fragmentada. Ni durante la ocupación, ni después de ellas los muyahidín han tenido, ni tendrán, capacidad para convertirse en un grupo predominante capaz de hacerse con el control efectivo del país. Ninguno de los otros actores, incluyendo el gobierno iraquí y las diferentes milicias y facciones tribales, tienen la capacidad para imponerse sobre el resto. Lo cual hace muy probable una continuación de la violencia, esta vez por la búsqueda de supremacía política y control de los recursos del país. Se trata de un escenario escasamente apetecible desde una óptica islamista, lo cual no sólo detendrá la llegada de nuevos combatientes, sino que supondrá el inicio de una nueva emigración yihadista. La pregunta claves es: ¿hacia dónde se producirá ese movimiento?

Conclusiones: La apertura del frente iraquí supuso una catastrófica desviación de la atención política y de una serie de recursos críticos dedicados a la “guerra contra el terrorismo: traductores, analistas, agentes de campo, comandos de operaciones especiales y todo tipo de recursos destinados a la generación de inteligencia de señales e imágenes, lo que perjudicó enormemente la posibilidad de neutralizar los restos del núcleo originario de al-Qaeda, otorgando una tregua tácita a los restos del movimiento talibán, que pudo recomponerse y lanzarse de nuevo a la ofensiva contra la escasa presencia militar aliada. La nueva Administración Obama ha declarado su intención de remediar esta situación devolviendo la prioridad a Afganistán, que verá incrementado su contingente militar y de inteligencia. Si bien esto permitirá a EEUU volver a pasar a la ofensiva contra la creciente insurgencia talibán y contra las actividades de las numerosas redes yihadistas de la zona, el legado iraquí seguirá siendo determinante para entender cómo evolucionará la situación en este país asiático.

El magnetismo de la yihad en las calles de Bagdad “enfrió” las actividades de numerosas redes regionales, con dificultades crecientes para convencer a sus seguidores de por qué la yihad en lugares tan dispares como Argelia, Libia, Siria, Arabia Saudí o Filipinas debía anteponerse a la necesidad de repeler la invasión “cristiana” de una tierra islámica. Si bien con la retirada estadounidense la ocupación occidental de Irak habrá dejado de ser la causa que permite alimentar las filas de las organizaciones yihadistas, más de seis años de “yihad en la tierra de los Dos Ríos” ha creado una nueva generación de muyahidín dispuestos a dar continuidad a sus proyectos vitales, y que buscarán nuevos frentes para seguir combatiendo hasta la victoria definitiva.

Afganistán habrá quedado como el principal elemento de agravio para el movimiento yihadista. Tras la marcha de Irak, el país asiático se habrá convertido (con la particular excepción de Líbano, relativamente fuera de la órbita de influencia del radicalismo suní) en la única tierra musulmana que sigue “ocupada” por infieles. La creciente fortaleza que ha adquirido en los últimos años el movimiento talibán y una reconstituida al-Qaeda ha vuelto a convertir en factible una expulsión humillantes de los occidentales, a semejanza de la expulsión de los soviéticos en la década de los 80. Es, por tanto, previsible que aquellos que están dispuestos a seguir combatiendo directamente al enemigo cruzado acudan al país asiático, dando nuevos bríos a esta insurgencia terrorista.

No obstante, no todos los yihadistas estarán dispuestos a perpetuar su vida de combatientes, y algunos de ellos se replantearán su reubicación en otros escenarios en los cuales proseguir sus vidas, o seguir contribuyendo a la yihad con un menor nivel de compromiso como facilitadores, reclutadores, financiadores o simplemente propagandistas. No obstante, otros buscarán abrir nuevos frentes, o reactivar la lucha en aquellos otros lugares donde ésta ha perdido vigor.

A diferencia de lo sucedido con la yihad afgana de los 80, es improbable que ningún país musulmán esté dispuesto a ofrecerles refugio seguro como sucedió con Pakistán y Sudán en la década de los 90. En cuanto a sus respectivos países de origen, principalmente Arabia Saudí, Libia, Argelia y Marruecos, lejos de recibirles como a héroes, llevan tiempo concienciados sobre la potencial amenaza que representan. Sus fuerzas de seguridad tienen ahora una mayor capacidad para neutralizar a estos sujetos en la medida en que es difícil que su retorno a sus respectivos barrios y aldeas pase desapercibido para la población local.

Es más viable que este “éxodo” se lleve a cabo en aquellos territorios con población musulmana que se pueden catalogar de “Estados fallidos”, o que simplemente no tienen capacidad para ejercer un control pleno y efectivo sobre el territorio, como, por ejemplo, Somalia y Yemen. Los yihadistas tienen allí la oportunidad de utilizar las zonas donde no llega la autoridad estatal para reagruparse y establecer bases seguras desde las cuales emprender nuevas ofensivas dentro y fuera del territorio nacional.

Fuera del mundo musulmán, EEUU es el país que menos teme a ese retorno. Cruzar el océano significa emplear medios de transporte que, como el avión, permiten un mayor y más exhaustivo control sobre la identidad de los pasajeros, incluso aunque estos intenten emplear una identidad falsa. EEUU es uno de los países con mayor capacidad para ejercer un control efectivo sobre sus fronteras, una capacidad que no ha cesado de incrementarse tras los atentados de 2001. La enorme cantidad de recursos y medios tecnológicos destinados a este fin ha permitido, por ejemplo, que ocho años después del 11-S ninguna célula externa haya sido capaz (o haya intentado) penetrar en el país para realizar un atentado.

De hecho, serán los países europeos algunos de los principales perjudicados por esta peligrosa migración. A pesar de la concienciación de la policía y la inteligencia de estos países, la UE continua presentando una frontera permeable, repleta de puntos débiles debido a la aún imperfecta coordinación entre los países miembros, y la dificultad de ejercer un control exhaustivo sobre los crecientes flujos migratorios que penetran legal y ilegalmente en territorio comunitario. Penetrar en las comunidades musulmanes europeas ofrece un anonimato y una serie de garantías jurídicas para pasar desapercibido, lo que convierte a estos países en un entorno mucho más seguro que los diferentes países musulmanes.

Manuel R. Torres Soriano
Profesor de Ciencia Política en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla 

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Comentarios(1):

Angel L. - 11-01-2010

Un articulo muy interesante,bien desglosado para una problematica tan compleja como es el tema Irak