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Opinión 13-10-2026 06:51

VISITA DEL PAPA PARA DESPERTAR EUROPA Por Juan Goti Ordeñana Catedrático jubilado de la Universidad de Valladolid

El viaje de León XIV a Francia no ha sido sólo un viaje diplomático. Desde el primer momento advirtió, ante el presidente Macron, que iba a proponer el restablecimiento de la fe de Occidente. Empezó señalando que el eslogan de la revolución: Liberté, Égalité, Fraternité, no eran meras palabras, sino el resumen del mensaje cristiano, que, habiéndolo tomado como lema la Revolución, lo desnaturalizó totalmente, al quitar a Dios de la acción ....

 

No debemos pasar de largo la visita que ha hecho el papa León XIV a Francia. Ha sido una advertencia para toda Europa. Sus palabras han supuesto una reprensión al rumbo que ha tomado nuestra sociedad en estos dos últimos siglos. Constituye una enmienda a todo el modelo antropológico, cultural y ético en que ha caído Europa con estos sistemas políticos que han sucedido a la Revolución Francesa.

El viaje de León XIV a Francia no ha sido sólo un viaje diplomático. Desde el primer momento advirtió, ante el presidente Macron, que iba a proponer el restablecimiento de la fe de Occidente. Empezó señalando que el eslogan de la revolución: Liberté, Égalité, Fraternité, no eran meras palabras, sino el resumen del mensaje cristiano, que, habiéndolo tomado como lema la Revolución, lo desnaturalizó totalmente, al quitar a Dios de la acción del hombre, y dejarlo al abur de los gobernantes. Por lo que tenemos la situación en que nos encontramos.

Recordó que Francia era calificada de hija primogénita de la Iglesia, por ser la primera que se había declarado cristiana con Clodoveo en el año 496. Y revivió que los primeros pasos de la fundación de la UE los dieron unos hombres grandes cristianos, que hicieron posible esta Europa unida, y tomó estas palabras de Robert Schuman: «El cristianismo ha enseñado la igualdad de naturaleza de todos los hombres, hijos del mismo Dios, redimidos por el mismo Cristo, sin distinción de raza, color, clase o profesión. Ha reconocido la primacía de los valores interiores que solo ennoblecen al hombre. La ley universal del amor y de la caridad ha hecho de todo hombre nuestro prójimo, y que las relaciones sociales en el mundo cristiano desde entonces se apoyan en ella».

Su mensaje se amplió para abordar la desorientación existencial, que ha provocado el poder que tiene en la sociedad el dominio tecno-científico que ha proliferado en estos tiempos. Fue en la sede de la UNESCO, donde el papa amonestó que el incremento digital e instrumental, que absorbe la preocupación de tantos hoy, no llenará las cuestiones fundamentales del corazón humano, sobre todo, la tentación que padecemos de sustituir la mente humana por algoritmos o rendir culto a la eficacia. Nos indicó que «el sentido de la vida es el oxígeno de la mente». Además, llamó la atención de lo que sucede ahora, pues cuando la educación y la ciencia se apartan de la verdad y de la moral, resulta que necesariamente se hace siervo de la propaganda y la manipulación.

Hizo, también, un diagnóstico del malestar de nuestro tiempo, cuando, en la Misa en la Plaza de la Concordia, expuso la adicción de la gente del siglo XXI al consumo desenfrenado, al ocio descarriado y a los «pequeños ídolos que prometen la luna y las estrellas, pero dejan el corazón vacío». Ante la mentalidad actual, que sólo piensa en los individuos, el papa propuso la necesidad de la presencia de Dios en la

sociedad al decir: «Para Él, ninguno de nosotros es un número de serie ni un número de identificación, sino una persona única e insustituible».

El verdadero valor de la presencia del papa fue, que la palabra católica volvía a resonar en el centro de la acción pública. En estos momentos en los que tantos discursos se lanzan al aire para encandilar a las personas con variadas promesas, el papa habló del mensaje cristiano con claridad e invitó a todos a volver a la tradición profunda de Europa. La visita del papa León XIV no fue una visita protocolaria, llegó para despertar la conciencia de Europa, y decir que la Iglesia existe para anunciar la verdad, aún en las difíciles circunstancias en las que vivimos. Y queriendo despertar el sentido religioso de Francia lanzó la frase de: «Ustedes son los santos de Francia», no para elogio, difícil de comprender en estos tiempos, sino un anuncio de lo que espera de los franceses en el futuro, si vuelven a la grandeza de su historia cristiana. Les advirtió que la esperanza de un nuevo cristianismo estaba en las nuevas personas que aceptan el bautismo y anuncian un nuevo porvenir del cristianismo. El pasado había levantado catedrales, universidades, disponía de mártires y grandes santos, por lo que había que esperar el futuro de personas con una fe viva, y llamadas a construir con fe y valentía un porvenir, que podía arder en el amor a Cristo.

En el encuentro con la juventud el Santo Padre habló sin limitaciones sobre la situación actual: de ansiedad, de soledad interior y de los extrañados por las redes sociales. Previno contra el individualismo virtual que ha arrastrado a muchos jóvenes con la ilusión de «tenerlo todo para no ser nadie; recibir una gran cantidad de `me gusta`, pero quedándose solo con uno mismo». Para liberarse de esta atracción recomendó seguir el itinerario de las tres normas de San Pablo: huir del orgullo y del consumismo; tender a la virtud con una santidad adecuada; y luchar con el arma que dispone el cristianismo: el amor que lleva a la entrega. De aquí la recomendación que dio a los jóvenes: «¡No tengan miedo de formar una familia y de tener hijos!». Luego animó a la juventud a ser artífices de constituir una comunidad, a defender la vida desde el vientre de la madre hasta el último suspiro de la vida, y exhortó a los cristianos a entrar, sin complejos, en la vida pública y política.

En Lourdes el papa se mostró muy elocuente, ante aquel escenario del dolor. Es un lugar donde se muestra el dolor del mundo, donde se vive el sufrimiento humano, y se palpa la esperanza del misterio de la gracia. Allá donde muchos peregrinos han acudido durante generaciones, allí donde se manifiesta el dolor de la sociedad, el papa León XIV recordó que la vida humana siempre mantiene su dignidad. En ese momento considerando a los enfermos, a los ancianos, a los discapacitados, y a todos los que cargan las cruces de esta labor visibles o secretas, pronunció una idea tan necesaria, en la sociedad distinguida de nuestro tiempo: «una ley puede ser legal, pero no por eso es moral».

Con esta visita el papa León XIV dio un aldabonazo a la marcha de Europa, pues ha planteado una enmienda a la totalidad del modelo antropológico, cultural, y moral por donde se ha desviado la política europea en estos dos últimos siglos.

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