La libertad del corazón por Dr. José Manuel Revuelta Soba
Existe la creencia popular que, si el cerebro deja de funcionar, el cuerpo colapsa al instante y el corazón se detiene. El corazón no es un mero ejecutor de las órdenes del cerebro, sino un órgano central con un autogobierno asombroso. De hecho, si aisláramos un corazón humano en un medio nutritivo adecuado y oxigenado continuará latiendo de forma autónoma, como comprobamos cada día en los donantes de órganos para trasplantes
Esta capacidad de autoexcitación reside en su automatismo, una propiedad de un grupo células especializadas (nódulo sinoauricular o sinusal) que actúa como un marcapasos biológico. Ubicado en la pared superior de la aurícula derecha, este racimo tan peculiar de células genera espontáneamente su propia electricidad de manera rítmica. Esta electricidad es la desencadenante de las contracciones del corazón, dictando el compás sin necesidad de recibir ningún impulso desde la corteza cerebral o el tronco del encéfalo.
Tras leer esto, nos preguntamos sobre el verdadero papel del cerebro en la dirección y la coordinación del organismo humano. Más que un director de orquesta que genera la música, el cerebro actúa como un técnico de sonido que ajusta el volumen y el ritmo según las necesidades del entorno. A través del sistema nervioso, el cerebro administra unos pedales, para acelerar (sistema nervioso simpático, impulsado por la noradrenalina) o frenar (sistema nervioso parasimpático, guiado por el nervio vago y la acetilcolina). Cuando corremos o sentimos miedo, el cerebro ordena acelerar el ritmo; cuando dormimos, aprieta el freno para que el corazón funcione más tranquilo. En una persona sana, la interacción entre el impulso simpático y parasimpático, instante a instante, genera microoscilaciones en el intervalo entre los latidos cardiacos, una variabilidad de la frecuencia cardíaca que refleja la adaptabilidad del sistema.
En general, el corazón y el cerebro constituyen un matrimonio bien avenido; ambos se necesitan y colaboran en las dificultades de la vida. Sin embargo, existen situaciones fisiológicas, patológicas o quirúrgicas en las que esta buena comunicación se quiebra, y los pedales de aceleración o freno dejan de funcionar de manera adecuada, momento en el que el corazón toma el mando de la maquinaria biológica desobedeciendo las órdenes centrales. En este umbral de independencia encontramos los misterios más sorprendentes de nuestro organismo y su extraordinaria complejidad constitucional.
La independencia del corazón
Para entender esta desconexión temporal o definitiva, bueno es recordar que el primer órgano del cuerpo humano que se forma en el feto es el corazón. Comienza a latir, sin orden alguna, para proporcionar oxígeno y nutrientes a los millones células especializadas que irán configurando los diferentes órganos y tejidos, entre ellos el cerebro humano. Sabemos que comienza sus latidos a partir de la sexta semana de gestación, cuando se ha completado su desarrollo, momento crucial que permite bombear la sangre a todo el organismo.
Desde el primer día, cumpliendo su importante función, el corazón trata de formar parte del ordenado microcosmos de la biología del ser humano, pero teniendo en cuenta su poderosa capacidad de independizarse en cualquier momento ante determinadas situaciones extraordinarias, propias o ajenas. De hecho, la Neurocardiología moderna ha puesto de relieve un hallazgo fundamental: Un corazón demasiado obediente es un corazón vulnerable.
Cuando se rompe el diálogo
La llegada de órdenes cerebrales incomprensibles para el corazón, que podrían dañarle o causar un escenario peligroso para el cuerpo por una respuesta desmedida del sistema simpático autónomo, pone en marcha su mencionada desobediencia y desconexión. Una descarga excesiva de cortisol, adrenalina y noradrenalina ocasiona una taquicardia muy rápida que podría desembocar en una fibrilación ventricular o parada cardiaca, por lo que el corazón se ve obligado a frenar esos impulsos exagerados del sistema nervioso.
Por otro lado, el cerebro puede cometer errores de cálculo enviando descargas desproporcionadas del tono vagal, conocido como síndrome vasovagal o síndrome neurocardiogénico, ante ciertos desencadenantes como un dolor agudo, un estrés emocional grande o una bipedestación prolongada. La liberación brusca de una cantidad ilógica de acetilcolina induce una bradicardia extrema o asistolia temporal, combinada con vasodilatación periférica severa, por lo que el riego cerebral se detiene y la persona pierde el conocimiento, con caída al suelo. En ese momento, el corazón toma el control regulando la frecuencia cardiaca y la presión arterial para recuperar la conciencia, ya que el cerebro ha dejado de funcionar temporalmente.
En ocasiones, el cerebro envía la orden adecuada, pero el cableado interno del corazón falla, o existen unos focos ectópicos del miocardio que deciden actuar por su cuenta. Cuando el sistema específico de conducción eléctrica cardiaca no responde, los impulsos procedentes del nódulo sinusal llega al nódulo AV, pero no logra atravesar el tronco del Haz de His hacia los ventrículos (bloqueos auriculo-ventricular parcial o completo); lo que obliga a la red de Purkinje o al propio miocardio ventricular asumir el control activando un ritmo de escape. El corazón pasa a latir a un ritmo intrínseco muy lento (20 ? 40 latidos por minuto, lpm), totalmente disociado de la actividad auricular y del control cerebral. En situaciones de isquemia cardiaca o daño miocárdico importante, múltiples focos ectópicos generan impulsos a unas frecuencias cardiacas altísimas y desorganizadas, pudiendo causar la muerte por fibrilación ventricular o parada cardiaca.
Una separación definitiva
El escenario más fascinante de insubordinación fisiológica obligada ocurre tras el trasplante cardíaco. Al realizar la intervención quirúrgica, se seccionan de forma irreversible las fibras nerviosas parasimpáticas (vagales) y simpáticas postganglionares que unían el cerebro con el corazón del donante. En el paciente trasplantado, al carecer del freno de la acetilcolina, el nódulo sinusal del donante opera con un ritmo intrínseco desinhibido, marcando una frecuencia en reposo más alta (entre 90 - 100 lpm). Al no disponer del ajuste latido a latido fisiológico, coordinado por el nervio vago y el cerebro, el trazado electrocardiográfico de un corazón trasplantado muestra intervalos R-R sumamente rígidos y constantes. Durante el ejercicio físico, el cerebro del trasplantado envía la orden de aumentar el gasto cardíaco, pero al no existir fibras nerviosas directas hacia el corazón, la aceleración no es instantánea. La frecuencia cardíaca aumentará, pero de forma paulatina y tardará más tiempo en descender durante la fase de recuperación, ya que depende exclusivamente de la llegada de catecolaminas circulantes (adrenalina y noradrenalina) secretadas por las glándulas suprarrenales del paciente trasplantado. Además, debido a esta desconexión de las vías aferentes sensitivas que transmiten el dolor torácico al cerebro del trasplantado también están seccionadas, los posibles episodios de falta de riego sanguíneo del corazón trasplantado no provocan la clásica angina de pecho, requiriendo un seguimiento clínico muy minucioso y frecuente mediante la ecocardiografía y los análisis especializados. Debe tenerse en cuanta que el infarto de miocardio del trasplantado nunca duele.
El automatismo cardíaco y sus frecuentes desobediencias a las órdenes inteligentes del cerebro, nos demuestra que el corazón no es un vasallo sumiso, sino un socio estratégico dotado de autogobierno. La evolución ha dotado a este órgano maravilloso de la capacidad de mantener la vida por sí mismo, a través de un marcapasos biológico fascinante y su propio sistema de neuronas. El cerebro aporta la flexibilidad necesaria para adaptarnos al entorno cambiante, pero cuando la conexión física o funcional se interrumpe, ya sea por autodefensa, patologías o por la prodigiosa cirugía del trasplante, el corazón demuestra su tenacidad biológica y justificada libertad en defensa de la vida.
El corazón es un órgano dotado de un automatismo tan tenaz que sigue latiendo mucho después de que la mente haya guardado silencio.
Claude Bernard (1813-1878), médico francés, fundador de la Medicina Experimental.
Artículo de divulgación científica publicado en CANTABRIA LIBERAL y ANDALUCÍA INFORMACIÓN
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