Más del 90% de los pacientes etiquetados como alérgicos a la penicilina no lo son realmente, según la SEFAP
La coordinadora del Comité de Pacientes y Ciudadanía de la Sociedad Española de Farmacéuticos de Atención Primaria (SEFAP), Cristina Casado, ha señalado que más del 90 por ciento de las personas etiquetadas como alérgicas a las penicilinas no se han sometido en la mayoría de los casos a pruebas específicas para confirmar si realmente lo son.
"Cuando estos casos se estudian adecuadamente en los servicios de alergología mediante pruebas específicas, se comprueba que entre el 90 y el 95 por ciento de estas etiquetas no corresponden a una alergia real, por lo que la alergia confirmada a penicilinas se situaría en torno al 1 por ciento o incluso menos de la población", sostiene la experta.
El hecho de que tantas personas estén etiquetadas como alérgicas a penicilinas sin serlo realmente, según la farmacéutica de atención primaria, tiene consecuencias "muy importantes" tanto para los pacientes como para la salud pública.
"Para el paciente, supone no poder utilizar las penicilinas, que son antibióticos de primera elección para el tratamiento de muchas infecciones por ser de los más eficaces y seguros. En su lugar, se recurre a antibióticos alternativos que pueden ser menos eficaces y seguros, lo que, entre otros aspectos, puede traducirse en que la infección tarde más en curarse y aumente el riesgo de efectos adversos", ha detallado.
A ello, según Casado, se une el hecho de que durante muchos años se asumió que una alergia a las penicilinas implicaba automáticamente alergia al resto de los antibióticos de la familia de los betalactámicos, incluidas las cefalosporinas: "Hoy sabemos que esto no es así en la mayoría de los casos. Las llamadas reacciones alérgicas cruzadas entre penicilinas y cefalosporinas son poco frecuentes y se estiman en torno a un 1-2 por ciento de los pacientes. Por ello, cuando se confirma una alergia a penicilina, no debe extrapolarse de forma automática al resto de betalactámicos".
Desde el punto de vista de la salud pública, por su parte, la portavoz de SEFAP señala que el problema es que muchos de los antibióticos alternativos utilizados para sustituir a las penicilinas son de mayor espectro, es decir, que actúan frente a más tipos de bacterias. Su uso, por tanto, "favorece la aparición de bacterias resistentes, cada vez más difíciles de eliminar, lo que hace que las infecciones sean más complicadas de curar y constituye uno de los principales problemas sanitarios a nivel mundial".
DIFERENCIAR ENTRE UNA ALERGIA Y UN EFECTO ADVERSO
Desde el Comité de Pacientes y Ciudadanía de SEFAP se ha elaborado una infografía explicando qué es realmente una alergia a antibióticos. En el documento gráfico se destaca la importancia de diferenciar entre alergias y otros efectos adversos.
Además, se detalla que una alergia se produce cuando el sistema inmunitario, es decir, el sistema de defensas del organismo, confunde al antibiótico con algo peligroso y reacciona contra él. En cambio, en otros efectos adversos, los efectos negativos son causados directamente por el propio medicamento, sin que intervenga el sistema inmunitario.
"Son situaciones distintas y con implicaciones diferentes: si un paciente es realmente alérgico, no debe volver a tomar ese antibiótico porque existe un riesgo muy alto de que la reacción vuelva a repetirse, incluso que sea más grave. En cambio, cuando se trata de un efecto adverso no alérgico -salvo que sea grave- habitualmente el medicamento puede volver a tomarse, porque no tiene por qué volver a repetirse. Incluso podría continuarse el tratamiento aunque aparezca el efecto adverso si el beneficio compensa", argumenta Casado.
La especialista subraya que hay reacciones alérgicas con manifestaciones muy características e inconfundibles, como las anafilácticas, que pueden cursar con hinchazón de labios o lengua, dificultad para respirar, mareo intenso o pérdida de conciencia. También existen efectos adversos que claramente no implican al sistema inmunitario, como las molestias digestivas -dolor de estómago, náuseas, vómitos o diarrea- o el dolor de cabeza.
Sin embargo, como reconoce la experta, "hay síntomas que pueden generar dudas", como algunas reacciones cutáneas (sarpullido, enrojecimiento o picor), que en unos casos podrán deberse a una reacción alérgica y en otros no. "En todo caso, nunca debe ser el propio paciente quien se autodiagnostique una alergia, sino que siempre que una persona presente una reacción nociva tras tomar un antibiótico o cualquier otro medicamento debería comunicarlo a un profesional sanitario. Y si aparecen síntomas graves, como dificultad para respirar, acudir inmediatamente a un centro sanitario o llamar al 112", alerta.
En el caso de que la alergia se confirme con las pruebas diagnósticas correspondientes, Cristina Casado explica que algunas alergias a penicilinas "a veces no son para toda la vida". Los estudios, de hecho, muestran que, tras diez años sin utilizarlas, hasta un 80 por ciento de los pacientes ya no presentan estas reacciones.
"Por todo ello, es fundamental revisar las alergias a antibióticos no confirmadas y, en el caso de algunos tipos de alergias a penicilinas, reconsiderarlas si han pasado más de diez años. Cuando sea necesario, deben valorarse con pruebas específicas en los servicios de alergología. Esto permite retirar etiquetas erróneas y mejorar la eficacia y seguridad de los tratamientos, tanto para el propio paciente como para la población en general", concluye.
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