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Opinión 02-03-2026 22:21

EL LIDERAZGO DE EEUU Y EUROPA Por Juan Goti Ordeñana Catedrático jubilado de la Universidad de Valladolid

No podemos dejar de hacer una referencia al discurso del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde ha venido a reivindicar la «civilización cristiana».

 

No podemos dejar de hacer una referencia al discurso del secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde ha venido a reivindicar la «civilización cristiana». En estos tiempos en los que la Comunidad Europea anda a la deriva, ha tenido el acierto apuntar los valores en que se basa nuestra cultura, y que son la razón de nuestras relaciones. Ha considerado necesario, para seguir avanzando en el desarrollo de esta sociedad, volver a lo que ha sido la civilización de Occidente, y del que los norteamericanos se sienten orgullos. Ha advertido las líneas de desvío que están tomando muchas naciones de la vieja Europa, y ha advertido la urgencia de defender la «soberanía de los pueblos», esto es, que no pierdan la conciencia de lo que ha sido en la formación de su historia.

Su discurso no ha sido recibido con entusiasmo por los diputados europeos, al ponerles ante los ojos los hechos evidentes de las renuncias que han hecho, en estos últimos tiempos, de los elementos esenciales de la cultura occidental, marcando, a su vez, la necesidad de volver a recuperar la soberanía en materias de política, de energía y de alimentación. Respecto a la defensa de la «civilización occidental» ha insistido en la tutela de la seguridad y prosperidad de los pueblos.

Resultado del bache que supuso la segunda guerra mundial, fue la división del mundo en comunista o no comunista, que condicionó la marcha de Europa del siglo pasado, que duró hasta la caída del muro en 1989. A continuación, se creyó, que se podía llegar a la unidad y reconstrucción, constituyendo un bloque de Europa y Estados Unidos. Hasta se pensó el haber llegado al «fin de la historia». En ese tiempo se creyó que el ideal era el lograr que todas las naciones adoptaran como sistema de gobierno la «democracia liberal», y que, desde ese centro, se crearían vínculos comerciales con liberalidad, se superaría el concepto de nación, y que la normas y acuerdos suplantarían el interés nacional, y se llegaría a un mundo sin fronteras, y que todos seríamos ciudadanos del mundo. Pero, ciertamente era una utopía, que ignoró la naturaleza humana y lo que había sido la historia, y fracasó.

Esto ha sido uno de los males de nuestro tiempo, que nos ha costado muy caro. Fue una ilusión, que nos ha llevado a aceptar «una visión dogmática del libre comercio», con lo que los pueblos europeos han ido decayendo y, como secuela, han llegado a subvencionar sus empresas. Entonces se ha empezado con una política de ideologías, externalizando nuestras soberanías, tratando de cederlo a una globalización, que ha llegado a desindustrializar sectores de nuestra sociedad, deslocalizar millones de puestos de trabajo que afectaron a la clase trabajadora, y

confiar el control del suministro de materias a entes desconocidos, sin el necesario control.

Esta apertura liberal ha facilitado el poder a instituciones internacionales, con lo que se ha entregado y confiado a elementos extraños el bienestar de los pueblos, y sin que éstos tuvieran capacidad de defenderse. Mientras las naciones que nacieron del rapto de la ciencia europea, aprovechando su lógica se han hecho poderosas, y están invirtiendo en tierras extrañas para alcanzar un dominio efectivo.

Con la idea del culto climático, hemos desterrado el carbón, el petróleo, el gas natural y otros recursos, con lo nos hemos comprometido con unas políticas energéticas, que han empobrecido nuestros pueblos, mientras nuestros competidores explotan todos esos medios para prosperar en sus economías, si no es, también, para elevar su economía absorbiendo la nuestra, que tiene que trabajar con mayores dificultades.

Por otra parte, se ha pretendido hacer un mundo sin fronteras, con lo que hemos abierto muestras puertas a olas de inmigrantes que masivamente han llenado nuestra tierra, con amenaza de nuestra cultura tradicional y de la cohesión de nuestra sociedad. De modo que nos encontramos, los que habíamos promocionado el desarrollo el hombre, sin un futuro, absorbidos por ideologías que nos dirigen a un desastre humano. La euforia de unos momentos nos ha hecho cometer errores en la cultura de occidente. Es hora de mirar de frente a la verdad que portamos y volver a reconstruir todo lo que ha sido nuestra historia.

En Estados Unidos se ha emprendido una nueva tarea de restauración, guiados con una visión de futuro, esperando que sea tan brillante como fue el pasado de nuestra civilización. Pero ello queremos hacerlo con Europa, que ha sido la madre de esta cultura, y con la que tenemos lazos indisolubles. Tenemos unos nexos profundos de relación, forjados por siglos de historia común, como son: «fe cristiana, cultura, patrimonio, lengua, ascendencia y por los sacrificios que nuestros antepasados hicieron juntos por la civilización que hemos heredado». Por todo ello, sabiendo que Europa es la raíz de esta cultura, queremos actuar como una unidad, y con la esperanza de que podemos volver a la gloria de ser una civilización de cristianos.

Con este discurso, el secretario de Estado americano, ha querido despertar a Europa del letargo en que le han metido las ideologías izquierdistas «woke», que están desorientando a las naciones de este continente, y reconstruir lo que ha sido la cultura cristiana. Su propuesta de renovación la ha anclado en los valores tradicionales de la civilización occidental, cuya raíz es el cristianismo.

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