Noticias de Cantabria
Opinión 03-11-2018 17:00

Democracia y libertad de expresión, ¿Cuándo?, por Manuel Olmeda Carrasco

Relativismo, conciencia social terciada, tal vez impulso irreflexivo, nos acercan al concepto integral, sugerente, fructífero, pero no siempre veraz. Ocurre con el vocablo democracia, instalado en la sociedad con fines engañosos. Se abusa incondicionalmente de aquel famoso alegato dicho por Churchill: “La democracia es el menos malo de los sistemas políticos”.

 

Nada que añadir salvo el hecho de renunciar a la mínima exigencia sobre qué democracia queremos. Porque no todas sirven ni se ajustan al modelo primigenio gestado en Grecia -hace siglos- y corrompido con excesivo disfrute. A veces, este sistema (encomiado hasta la saciedad) sufre tal cambio que, como dijo Alfonso Guerra respecto a España, no lo conoce ni la madre que lo parió. No solo padece el comercio negro, antisocial, para convertirlo en despojos infames; también las lógicas comparaciones con otros regímenes solos o anejos a coyunturas especiales.

Efectivamente, distintos prohombres se han situado en el polo opuesto a Churchill. Thomas Jefferson, político republicano, sentenció: “La democracia no es más que el gobierno de las masas, donde el cincuenta y uno por ciento de la gente puede lanzar por la borda los derechos del otro cuarenta y nueve por ciento”. En parecidos términos se manifestó Edmund Burke, padre del liberalismo. Castelao, nacionalista gallego, apuntó que el pueblo solo es soberano el día de las elecciones. Hay quienes, exaltados, excesivos, avivan el debate rompiendo moldes. Considero poco rigurosas expresiones como la de Ruy Barbosa, político brasileño: “La peor de las democracias es mil veces preferible a la mejor de las dictaduras”. Sin matices porque el mensaje elimina cualquier intento de convergencia. Dibuja un maniqueísmo a todas luces insensato, embaucador. Sin embargo, Ayn Rand -escritor demócrata norteamericano- sugería que una dictadura benevolente sería un mejor sistema de gobierno para resolver las crisis. El crac de mil novecientos veintinueve condujo al nazismo y al estalinismo.

A lo largo de los tiempos, hubo sistemas políticos diversos en fundamento y eficacia. Al fondo de todos ellos aparece una irresistible ambición de poder, excusada tras un chinesco biombo de servicio al individuo; porque el poder se retroalimenta, tiene principio y fin en sí mismo. Carece de rostro, objetivos y sentimientos; devora al hombre convirtiéndolo en instrumento, a veces sanguinario. Ha recibido diferentes nombres: Democracia, monarquía, aristocracia, oligarquía, teocracia, dictadura, entre otros. Un falso coro de veleidades, donde voluntarismo reminiscente y seducción no terminan de cuajar. Allá, al fondo, la Historia nos deja claro que solo existen aristocracia y dictadura en sus diversos formatos o culminaciones. Es evidente que el poder ni se divide ni se comparte; por este motivo lo ejerce una minoría, sometida al líder, o directamente un dictador. Cualquier fórmula distinta constituye una convocatoria perfecta, sublime, a parecida opresión.

Si nos ceñimos a esta piel de toro, seca y ceñuda, aparecen ingentes razones que convalidan lo expuesto en el párrafo anterior. Ningún país medianamente serio consentiría tráfico de votos para alcanzar un poder negado, a priori, por las urnas. Aquí, se permiten trasiegos, componendas, amancebamientos insólitos y traiciones, expiando apenas peaje alguno, sin excesivo costo electoral. No en vano, por estos pagos afloraron la picaresca y un Patio de Monipodio gratis et amore. Salvando las mayorías, desde el primer segundo la Transición consintió trueques e intrigas que ahogaron toda esperanza de conseguir una democracia homologable a aquellas que saborean naciones ricas y punteras de Europa. Los PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) conforman el área iletrada, mísera, putrefacta. Todavía peor, no se observan visos de cambios sustanciales.

La puntilla definitiva viene del tándem Sánchez-Iglesias con cuadrillas que rechinan al precepto taurino. Pedro, siente arcadas independentistas por alimentarse de refritos caducados. Iglesias, enemigo declarado de las democracias liberales (al punto, no existen otras), nota mareos indigestos por tomar provisiones excesivamente patrióticas. Ambos, sin quitarse ojo, pretenden acumular poder jugando a los bolos. Todavía es pronto -porque ninguno se siente fuerte- para ver quién tumba a quién. Ahora se utilizan los dos, pero enseguida divergirán sus estrategias. Pablo no quiere porque es la única andadura que desagravia su ego insaciable. Solo, excluido, degustaría una tenebrosa oscuridad bajo el crepúsculo sombrío de alguna televisión furtiva. El PSOE se siente partido de gobierno, protagonista de un poder probable si renuncia a los aspavientos sobrevenidos y lo hará.

La puntilla definitiva viene del tándem Sánchez-Iglesias con cuadrillas que rechinan al precepto taurino.

Descuidar las formas democráticas, se dice, es incompatible con un régimen de libertades. Llevamos cuarenta años transitando por la senda democrática y en contadas ocasiones han sido guardadas. ¿Quiere esto decir que apenas hemos conocido aquel sistema tan ansiado? Probablemente, pero si hubieran sido observadas con extrema exquisitez, tampoco. Nunca una forma puede sustituir a la sustancia y de esta sí que nos hemos sentido indigentes. Yo, al menos. No importa que Sánchez agreda a Castellanos, a Rivera o viceversa. Las actitudes que exhiben, más allá de síntomas, son efervescencias específicas de la enfermedad. Por otra parte, han desfigurado la democracia efectiva convirtiéndola en caricatura esperpéntica. Nos han construido un monumento de cartón piedra sin nada detrás, hueco, en cuya única pared destaca con egregios caracteres el vocablo democracia. Pura apariencia, puro embeleco.

Convienen destacar, asimismo, los esfuerzos que hacen todos los políticos por silenciar aquellos ecos que no les son favorables. Comúnmente se empeñan en controlar medios y periodistas, adscritos mayoritariamente a la izquierda dogmática o progresía de prurito y cartera. Si no lo consiguen, lastran su economía cuando no proponen leyes que castiguen semejante osadía. A tal grado se llega que Iglesias, he leído, pide no condenar a los políticos presos catalanes, pero sí a Inda y a Jiménez Losantos. ¿Puede aceptarse tamaño episodio contra la libertad de expresión? Ateniéndonos al deseo de Pablo Manuel, y algunos otros expresados con anterioridad, podemos advertir hasta donde estarían dispuestos estos populistas si llegaran a conseguir el poder auténtico. Por esta libertad de expresión a trompicones, no es descabellado, ni mucho menos, la cabecera que da entrada al artículo.   

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