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Opinión 10-03-2019 19:50

Un movimiento femenino de la Edad Media, por Juan Goti Ordeñana

En estos días de tanto movimiento feminista, vamos a recordar una manifestación de libertad de las mujeres que tuvo mucha importancia en toda Europa, y cuyo nombre de Beguinas que se les dio probablemente provenía del color beige de la lana burda que utilizaban como vestido.

 

Al correr del siglo XII surgió en los Países Bajos un movimiento de mujeres que duró alrededor de cuatro siglos, viviendo con independencia en los barrios de las ciudades. Nació como un grupo pequeño, pero a medida que fue avanzando el siglo se incrementó en gran manera, debido a la cantidad de mujeres que sin ingresar en órdenes religiosas reconocidas por falta de dote o porque no les convencía este método de vida, optaron por vivir, primero solas y más tarde en agrupaciones retiradas, pero cerca de las poblaciones urbanas donde prestaban ciertos servicios asistenciales con las que podían vivir.

Fue una iniciativa que respondió a una necesidad social de las mujeres que habían quedado viudas en las muchas guerras que se dieron en aquellos siglos, y para las que por falta de dote no podían casarse o retirarse a un monasterio de religiosas. Constituyeron en breve legión, y se difundieron rápidamente desde Bélgica a Holanda, luego a Alemania, Italia, Polonia, Austria y España. En Francia el rey Luís IX les prestó especial favor, construyendo un gran centro en París, según el modelo de Flandes, y extendiéndose pronto por muchas regiones de Francia. Llegaron algunas comunidades de beguinas, como las de Gante y Colonia, a contar con más de mil miembros.

Estas mujeres solitarias disponían de hogares individuales en los barrios de los pueblos, donde podían encontrar algún trabajo de qué subsistir, al tiempo que vivían el sentido evangélico de la pobreza. Con el comienzo del siglo XIV, empezaron a agruparse formando pequeñas comunidades que se llamaron Beguinajes.

El crecimiento de estas agrupaciones fue notable y continuo desde el primer tercio del siglo XIII hasta el comienzo del XV, tiempo en el que la mayoría de las ciudades alemanas tenían sus habitáculos de beguinas. Los estatutos variaban mucho entre las diferentes casas, y el número de las que las componían era una media de diez y veinte, aunque hubo grandes colectividades. Se exigía el celibato mientras estuvieran allí, pero eran libres para salir y cambiar de vida.

No renunciaban a tener propiedades, y podían dejar este sistema de vida si lo deseaban. No pedían limosnas, y se mantenían con las labores manuales que realizaban, o por el trabajo de enseñanza que podían llevar a cabo donde vivían. En algunos lugares, donde se formaron agrupaciones, tenían una especie de tiempo de formación, donde se iniciaban para la convivencia en el grupo. Luego que recibían este adiestramiento adquirían su propia morada con plena independencia.

Lo único que unía a todas las agrupaciones eran los mismos propósitos de vida, las aficiones comunes y los lazos que les unían con sus compañeras. No había una organización general, ni se dieron nunca una regla común, sino que cada comunidad era completa en sí misma, y organizaba su forma de vida. Las beguinas vivían un cristianismo popular, que supieron insertar en el medio en el que vivían, de forma que fue mayor su influencia religiosa en el pueblo, que la predicación de los monjes de los monasterios y el clero secular de las parroquias.

Entre estos grupos no se puede buscar una uniformidad de vida, al principio fueron mujeres pobres, pero con el tiempo fue variando, y en los últimos tiempos hay una gran diversidad según el estatus de donde procedían sus miembros. Había comunidades formadas por personas de origen pobre que vivían de su trabajo, algunas sólo estaban formadas por señoras de un cierto nivel social, que vivían de sus propios bienes y hasta podían disponer de personas a su servicio, y otras, en fin, admitían a gente de cualquier clase social, y lógicamente fueron las más numerosas.

Junto con el desarrollo del programa de austeridad, se enfrascaron en ocasiones en especulaciones místicas, que acreció su tendencia a escribir. La inclinación hacia una visión apocalíptica que mostraron se debió a la influencia recibida de los franciscanos «espirutales», con un trasfondo de las ideas de Joaquín de Fiore, que les abrió el paso, para entrar en un sentido místico, que creó en la Iglesia un cierto temor, como ha sucedido en todos los casos de manifestaciones de este tipo.

Esto dio lugar a la creación de una literatura propia. Entre ellas sobresalieron Hadewych de Amberes, que hacia 1240 escribió varios trabajos en poesía y en prosa, entre otras obras es autora de Amar en Amor. En Alemania aparece la escritora Matilde de Magdeburgo (1207-1282), que escribió La luz que fluye de la divinidad, y terminó ingresando en el monasterio de Helfta (Eisleben), los motivos para esta decisión no se saben, pero ella se expresa: «Una amonestación humana infundió en mi corazón temor y turbación». Entre el número de beguinas que escribieron hay que citar a María de Oignies, a Lutgarda de Tongeren, a Juliana de Lieja y a Beatriz de Nazaret, autora de Los siete grados del Amor. Con estos trabajos colaboraron en la formación de una literatura en diversos países europeos.

A principios del siglo XIV, por el aumento de mujeres de alta posición social, el movimiento fue declinando más y más, y las nuevas fundaciones tomaron el carácter moderno de instituciones de benevolencia. Para finales del siglo XV, en Alemania al menos, habían casi perdido completamente su primer fervor, y, también, mucho del respeto popular que anteriormente habían disfrutado.

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