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Opinión 27-01-2019 16:47

Por una Europa fiel a la dignidad humana, por Juan Goti Ordeñana

Se advierten reacciones de intelectuales europeos, frente a tantos movimientos de izquierda que, con el bagaje de una terrible y lamentable historia de crímenes del comunismo, luchan para que otras culturas arraiguen en las naciones de la Unión Europea, arrinconando y aun aplastando a la civilización que a través de tantos siglos se ha creado en este suelo.

 

En 2012 nacía la federación «One of Us». Ahora ha llegado a transformarse en una plataforma cultural internacional, con el objeto de despertar los valores que dieron fundamento a Europa, recogiendo el contenido de su historia y de la ideología que ha sido el motor de todo el progreso que se está dando en el mundo.

A primeros de diciembre se reunió su comité ejecutivo, y entre sus trabajos aprobó el manifiesto: «Por una Europa fiel a la dignidad humana». Donde se presentan las bases para una acción coordinada de todas las organizaciones que luchan por programas como «pro vida» y «pro familia», además de la defensa de las libertades. En este encuentro se designó al exministro español y exparlamentario europeo Jaime Mayor Oreja, para presidir y encauzar este movimiento.

Se diagnosticó que Europa se muere con estos movimientos de izquierdas, haciéndola infiel a sí misma, al dirigirla por cauces de deshumanización, con el deterioro de la familia, el aborto que lleva a la destrucción de la vida humana, un feminismo delirante y una libertad egoísta regida por el propio capricho sin responsabilidad. Europa debe volver a su historia y recuperar la senda de la superioridad de lo espiritual sobre lo material, dejando las falsas vías que se han tomado de igualitarismo y relativismo.

En la reunión de «One of Us» de diciembre se estudiaron los riesgos a los que debe hacer frente Europa, advirtiendo que si Europa se muere serán responsables las instituciones de la Comunidad, porque se han apartado de la idea cristiana de sus fundadores: Adenauer, De Gásperi y Schuman. Se señalaron cinco puntos en los hay que poner especial cuidado para volver a la tradición de la civilización europea:

En primer lugar, sobre la ideología que ha regido la historia de Europa: «Con la negación de su definición auténtica como búsqueda de la verdad y su sustitución por otras formas de investigación, en particular la científica, sin duda estimables, pero de otro orden».

En segundo lugar, se está atacando el espíritu del Derecho romano, que rigió la sociedad europea durante siglos, y ahora trastrocado por un positivismo jurídico, juega a favor del capricho de los políticos. La ley ya no responde al derecho natural de la persona, sino que con la aprobación de mayorías se acomodan las leyes a las necesidades de los partidos, y además en su aplicación se emplea el «uso alternativo del derecho», a favor de los intereses políticos e ideológicos de cada momento.

En tercer lugar, se advierte el odio a la doctrina cristiana, que en realidad ha creado la ética y los usos de la sociedad europea, y exige una rectitud que este mundo político no está dispuesto a respetar. Determinando con la bandera del laicismo, no sólo la naturaleza de las instituciones políticas, sino que trata de imponerse a la conciencia de las personas. Laicismo radical y militante, que no sólo niega la contribución del cristianismo a la cultura, sino que quiere erradicarlo de este antiguo continente, que todavía guarda una gran mayoría su pensamiento, su derecho, sus costumbres y su arte. Y como decía el papa Juan Pablo II: para ser adecuado a la promoción del auténtico bien común, «debe reconocer y tutelar los valores que constituyen el patrimonio más valioso del humanismo europeo, que ha asegurado y sigue asegurando a Europa una irradiación singular en la historia de la civilización».

En cuarto lugar, advierte la comisión contra el desprecio extendido hacia la ciencia pura. La investigación intelectual ha quedado arrinconada y nada hay firme que conduzca a las personas, ante la imposición de un relativismo donde ya no se sabe distinguir las líneas de actuación, y donde prepondera la idolatría de la técnica.

En quinto lugar, se anota el discurso desconcertante y delirante que utilizan lo políticos para justificar sus errores, y de los regímenes totalitarios y demagógicos en los que asientan sus bases ideológicas, sin que falten intentos de imposición por la fuerza.

Europa, si quiere subsistir, tiene que volver sobre sí misma, dejando de lado estas ideologías de izquierdas que quieren dominar y destruir su esencia. Europa es una suma de culturas, que se han elaborado en siglos. Por una parte, está el mundo clásico, actuando en las manifestaciones de nuestro pensamiento y en la creación artística; por otra el elemento bárbaro, que irrumpió en un momento, incrustando elementos de una cultura primitiva. A lo que se unió la acción de la Iglesia, que sometió a reflexión aquellos legados culturales, y sobre la que, como dice Toynbee, actuó de crisálida, dándoles una nueva creatividad.

Las actuales naciones nacen de la inserción de estos pueblos, aunque hay aportación de elementos de otras culturas, por lo que Europa adolece de un sincretismo cultural. Pero la argamasa que ha dado cohesión a la variedad de elementos, que se han encontrado en este solar, ha sido el cristianismo. Sus valores espirituales, la moral universal que predicó con apertura a todos los pueblos, la afirmación de la libertad de las personas, aun frente al Estado, la cultura clásica que extendió a todas las sociedades, y el establecimiento de unos valores sociales comunes, llegaron a transformar los pueblos desde sus bases y descubrir la marcha hacia delante de esta sociedad. Al examinar esta historia europea, se debe preguntar: ¿Qué patrimonio cultural quedaría en Europa si desapareciese el legado Cristiano? ¿En qué medida Europa podría reconocerse a sí misma si se viese privada de la inmensa mayoría de sus obras de arte, tanto monumentales como documentales o mobiliarios?

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